“En
Carl G. Jung (señor del mundo subterráneo)”,
Colin Wilson analiza la biografía y el pensamiento
de Jung, denominándolo un “gurú”
de occidente. De este libro, que alude a la originalidad
de sus aportes, tomamos un pasaje del cual podemos
extraer un interesante aprendizaje.
La recompensa le llegó en forma de una experiencia
casi mística. “Yo iba por el largo camino
a la escuela, de Klein-Hünigen, en donde vivíamos,
a Basilea, cuando de pronto, tuve por un instante
la sobrecogedora impresión de que acababa de
salir de una densa nube. Lo supe todo al momento:
¡Ahora soy yo mismo!. Fue como si una
pared de niebla estuviera a mi espalda, y detrás
de esa pared aún no había un yo. Pero
en este momento yo tropecé conmigo mismo.
Anteriormente yo también había existido,
pero todo me había sucedido a mí. Ahora
yo me sucedía a mí mismo. Hasta ahora
yo hacía lo que se suponía que tenia
que hacer, ahora yo decidía. Esta experiencia
me pareció tremendamente importante y nueva:
había “autoridad” en mí.
Jung había hecho otro descubrimiento fundamental.
Cuando los seres humanos se pasan la vida haciendo
la voluntad de otros, podrían ser comparados
a los cangrejos. El cangrejo es una criatura que tiene
su esqueleto fuera. Por dentro es blando. En el momento
en que el hombre se siente inspirado a hacer su propia
voluntad se transforma en vertebrado, una criatura
con el esqueleto adentro. De pronto tiene espina dorsal.
En nuestra sociedad, muy pocos evolucionan del estado
de cangrejo al de vertebrado, porque nos acostumbramos
a hacer la voluntad de otros desde el momento en que
nacemos. Su lucha por vencer el hábito de derrota,
hizo consciente a Jung de que era un vertebrado.
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